La libertad de expresión: caso París

En ésta, nuestra sociedad del bienestar, levantada parcialmente sobre las grandes desigualdades e injusticias de este mundo, y desde la que vemos como transcurre la vida por medio de la televisión a manera de película de Hollywood, se “nos abren las carnes” cuando suceden hechos como los de Paris, y solidariamente sin reflexión previa nos hacemos una piña y nos lanzamos a la calle para protestar contra este o aquel extremismo que se atreve a “escupirnos a la cara”, y es entonces cuando sacamos pecho y elevamos a la categoría de valores morales aquellos logros que con el Derecho y la Historia hemos conseguido, como por ejemplo la “Libertad de Expresión”.

Conviene pues pasados unos días de los trágicos sucesos que reflexionemos sobre éstos, y veamos hasta dónde o hasta cuanto somos en cierto modo responsables de los mismos.

Para empezar es necesario decir sin paliativos que la libertad de expresión es un derecho no un valor moral, que tiene límites marcados por la ley con precisión y que no es interpretada de igual forma según en que cultura estemos.

Así por ejemplo en EEUU un país fraguado en el mosaico de la interculturalidad y que nació en una guerra de independencia con profundas bases morales y religiosas, las viñetas de Charlie son “impensables” y su simple publicación hubiera bastado para llevar a los Tribunales a sus autores, de ahí el hecho real de que no se hayan reproducido en ningún medio de comunicación en estos últimos tiempos convulsos.

Para continuar conviene recordar que pese a quien pese las religiones y/o convicciones morales de la mayoría de las personas de éste pequeño mundo, incluidos los pensamientos ateos y agnósticos, son lo más íntimo, sagrado y profundo que puede existir en nuestros corazones, porque se levantan sobre sentimientos irracionales de Fe, educación, cultura y necesidad para comprender un mundo tan amenazador como el que tenemos, y son por lo tanto “intocables”.

Igualmente el concepto libertad es diferente según el lugar del planeta en el que estemos y como está ligado a cada cultura no es el mismo para todos, y caeríamos en un error al intentar exportar nuestro propio concepto a otras latitudes sin más apoyo que nuestro deseo, en especial cuando vivimos en un medio confortable y protector ( solo para privilegiados).

Y finalmente, como el derecho sobre la vida de los demás no puede sustentarse en el capricho ni en las pulsiones, sí debemos dejar bien claro que “no podemos privar de ésta a nadie bajo ningún concepto” y debemos aprender pues de la lección de París que nadie puede o debe matar “sin más”, pero nadie, ni unos ni otros, y en el seno de las diferentes concepciones ideológicas de la vida es preciso encontrar un camino que ponga orden y límites a los logros del mundo “civilizado” y ahí tenemos una asignatura pendiente con la “libertad de expresión”.